Alejandra Pizarnik (nacida Flora Pizarnik en Avellaneda, Argentina, 1936 – Buenos Aires, 1972) fue una de las poetas más influyentes y enigmáticas de la literatura latinoamericana del siglo XX. De ascendencia judía eslava, su vida estuvo marcada por una profunda melancolía y una búsqueda incesante de la identidad a través de la escritura. Estudió literatura y filosofía, y vivió en París de 1960 a 1964, donde se codeó con figuras como Octavio Paz, Julio Cortázar y André Breton, quienes influyeron y reconocieron su obra. Su poesía, cargada de imágenes oníricas y un lenguaje depurado, explora los límites del ser, la locura, el erotismo, el silencio y la muerte. Sufría de trastornos psiquiátricos y murió por una sobredosis intencional de barbitúricos a los 36 años, dejando un legado poético único, perturbador y profundamente personal.
«La poesía es el lugar donde ocurre lo que no tiene lugar.»
«Solo la sed me une.»
«Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura.»
Poesía concisa, intensa y hermética, marcada por el surrealismo, el simbolismo y un lenguaje depurado. Se caracteriza por la abundancia de imágenes oníricas, metáforas audaces y un tono melancólico, existencialista y a menudo gótico. Su estilo explora la fragmentación del yo, la soledad, el silencio y la precariedad del lenguaje para expresar lo inefable y los abismos de la conciencia.